QuéPasaColima.- Palmerston debe ser una de las islas
habitadas más remotas de la Tierra. El pequeño territorio en el Pacífico recibe
un bote de suministros dos veces al año como máximo. El largo y peligroso viaje
hasta allá logra disuadir hasta a los visitantes más curiosos. Y lo más
llamativo: 60 de sus 62 habitantes descienden del mismo hombre: un inglés que
se instaló allí hace 150 años.
Nueve días de constante movimiento.
Nueves días en un bote, sin posibilidad de detenernos. Nueve días con el temor
de ser golpeados por una tormenta tropical, a miles de kilómetros de un posible
rescate. El Océano Pacífico es grande, mucho más grande de lo que uno podría
imaginar. Este es el viaje a una isla en el fin del mundo.
Palmerston forma parte de las Islas
Cook. Aterrizar es imposible. El mar es el único acceso.
Tras dos días de vuelo -desde
Londres vía Los Ángeles- salimos en bote desde Tahití.
Después de navegar en nuestro
pequeño barco durante cinco días, las nubes adquieren un negro amenazante. La
fuerza del sol se ha ido y un frío inquietante se siente en el aire. Un ruido
repentino de lluvia intensa golpea el costado de la embarcación. Un rayo golpea
en el mar.
Con la vela a la altura máxima, la
fuerza del viento empuja el barco y nos arrastra hacia los lados. Es muy poco
lo que puede hacerse una vez que la vela se ha caído. Quedamos a completa
merced del mal tiempo.
Y aquí no hay nadie para ayudarnos.
En ocho días de navegación no vemos nada. No hay otros buques, ni fauna ni aviones.
No hay nada.
Debido a su altura, la isla solo
puede verse a unas dos millas de distancia. Cuando hay mal tiempo, es
simplemente imposible avistarla. Durante años, cientos de barcos han chocado
con el arrecife que está justo debajo de las olas, dejando a los marineros
varados.
El último naufragio ocurrió hace
apenas tres años. Los restos del barco y su enorme agujero aún pueden verse en
la playa. El resto fue rescatado por los isleños. Aquí no se desperdicia nada.
Aprender a navegar con seguridad en
esta barrera de corales lleva años de práctica. Incluso el barco en el que
llegamos -de 10 metros de largo- tuvo que ser amarrado a unos 500 metros de la
playa para evitar que la golpeara.
Cuando finalmente nos acercamos a
Palmerston, vemos venir a una pequeña embarcación que se desvía hacia la
izquierda y luego a la derecha.
“Hola, hola, soy su anfitrión.
Enganchen su barco aquí, los llevaremos a almorzar. Yo los cuidaré a partir de
este momento”, grita Bob Marsters, que viste una camisa verde azulada que
combina con el agua cristalina.
Bob es el jefe de una de las tres
familias de la isla. Cada una de ellas compite por atender las necesidades de
los visitantes. Quienes habitan en la isla se enorgullecen de su bondad y se
deleitan con la compañía extra.
Tanto la generosidad como el sistema
legal y el resto de las tradiciones han sido transmitidas boca a boca de
generación en generación. Son el legado de un hombre nacido en el condado
inglés de Leicestershire, a unos 16.000 kilómetros de distancia.
William Marsters fue el primer
habitante permanente de Palmerston hace 150 años.
En la década de 1850, Marsters vivió
en las Islas Cook y a principios de 1860 fue nombrado cuidador de la isla por
el comerciante británico John Brander.
Se mudó a Palmertston en 1863,
acompañado de su esposa -una mujer polinesia- y dos de sus primas.
Llenó la isla de cocoteros y durante
los primeros años, los barcos de Brander pasaban cada seis meses para recoger
el aceite de coco producido por Marsters.
Pero después las visitas
disminuyeron hasta terminarse por completo. John Brander había muerto.
En ese momento la reina Victoria le
concedió a Marsters la posesión de Palmerston.
Las primas de su mujer también se
convirtieron en sus esposas. Entre las tres le dieron a Marsters un total de 23
hijos. Antes de su muerte en 1899 dividió la isla en tres partes, una para cada
de una de sus esposas.
Hoy en día, todos menos tres de los
residentes son descendientes directos de William.
¿Para qué es el dinero?
“Sean bienvenidos a mi mundo, tierra
de arenas blancas y cocoteros. Nada va mal en Palmerston”, dice Bob cuando
llegamos a su casa con techo de zinc.
“Muchacho, ofrécele a esta gente un
coco. Beban, beban”. El hijo de Bob abre un coco utilizando un machete y me lo
entrega.
“Me encanta este lugar, quienes
están en guerra deberían venir a Palmerston a nadar, a jugar voleibol. No hay
necesidad de pelear y matar. Nadie se pelea aquí”, dice Bob.
Oficialmente un protectorado de
Nueva Zelanda, apenas tiene muchas de las comodidades modernas que hoy damos
por sentado: hay electricidad e internet durante un par de horas al día y unos
pocos afortunados incluso encuentran señal de teléfono móvil.
En la isla no hay tiendas, hay sólo
dos baños y se bebe agua de lluvia. El dinero sólo se utiliza para comprar
objetos que vienen del mundo exterior.
“Eso es algo de lo que estoy muy
orgulloso. Las familias de Palmerston trabajamos juntas, nos amamos y
compartimos”, relata.
“Por ejemplo, cuando se me acaba el
arroz o la harina, puedo ir al lado y si tienen, me darán”.
“Estoy muy contento de que la gente
no venda cosas aquí. El barco de abastecimiento no ha venido en seis meses,
pero no nos falta arroz o carne, nos la arreglamos con cocos y pescados. Pero
cuando el carguero llega es como el día de Navidad “, indica riendo.
Bob es el alcalde de la isla y vive
en un extremo de la calle principal, una franja de arena de no más de 100
metros de largo y media decena de construcciones.
“En esta calle principal no hay
paradas de autobús, no hay autobuses que esperar en Palmerston “, dice.
Del lado derecho de la carretera
está la iglesia, el centro de la vida comunitaria. Es también uno de los
edificios más nuevos y sólidos de la isla.
La aislada Palmerston debe resistir
la fuerza de cualquier tormenta; por eso los isleños atan sus edificios a los
árboles. En 1926, un tifón arrasó con los cimientos de la antigua iglesia.
Hay un ritmo de vida establecido los
domingos. La campana suena para llamar a esta comunidad cristiana para el
servicio de las 10 de la mañana y el trabajo o el juego no están permitidos
hasta después de las dos de la tarde.
Después de la misa, es hora de comer.
Como invitado, me dan una mesa para mí solo. Cuatro cacerolas son alineadas
frente a mí con pescado, arroz, pollo y pasteles dulces.
Los cuatro hijos de Bob miran mi
mesa con ansias. Toda la familia debe esperar hasta que el invitado coma su
ración antes de que les sea permitido comer.
Pero después de unos 30 segundos,
Bob se lanza sobre la comida. “Normalmente esperaría, pero tú eres mi amigo.
Nos conocemos demasiado bien como para esperar”. Y antes de terminar la
oración, ya está masticando profusamente.
“Come, come”, me invita, balanceando
su brazo sobre la mesa. “Quiero engordarte tanto que no quepas en el bote y que
para irte, tengas que adelgazar de nuevo y te quedes más tiempo en Palmerston”.
La comida es muy importante. La
pesca ocupa gran parte del día de la mayoría de los ‘palmerstorianos’.
Como visitante, es prácticamente
imposible caminar hacia cualquier lugar sin que te ofrezcan cuatro comidas
distintas.
Producto de exportación
Bill, el hermano de Bob, es un
‘ofrecedor’ compulsivo de almuerzos, miembro del consejo y pescador orgulloso.
“El número de peces está
disminuyendo”, me cuenta.
Las poblaciones anteriormente abundantes
de sus peces loro favoritos se están agotando más rápido que otras.
Así que, de pie, en la parte
posterior de su pequeño bote de aluminio, Bill se dirige hasta más allá del
arrecife en busca de otros peces.
Después de dos horas arrastrando
cuatro largas líneas de pesca por el agua, solo pescamos una barracuda y una
sierra.
“El consejo anterior, en los años
90, puso una veda de dos años a la pesca del pez loro”, explica Bill, “pero
seis meses después, alguien dijo: ‘Necesitamos dinero para Navidad’. Y allí
acabó”.
El pescado es el alimento básico de
los isleños y su único producto de exportación. Una o dos toneladas de peces
loro son congeladas y recogidas por el barco de suministro que viene dos veces
al año para entregar suministros esenciales como arroz y combustible.
O al menos es así en teoría. A veces
el barco no llega. Hace apenas dos años, no vino durante 18 meses.
La lejanía de la isla representa
también otros desafíos. Algo tan simple como ir al dentista se convierte en una
gran expedición.
Cuando la habitante más vieja de
Palmerston, Mama Aka, de 92 años de edad, fue a someterse a un trabajo dental
en Rarotonga, la capital de las Islas Cook, le tomó cuatro días llegar allí. Y
después de un procedimiento dental breve, tuvo que esperar seis meses para que
un buque la trajera de vuelta.
Matrimonios endogámicos
Aunque algunos consideran que el
aislamiento es uno de los atractivos de la vida en el lugar, en otros aspectos,
es una amenaza, especialmente porque todo el mundo -con excepción de dos profesores
y una enfermera- son familiares entre sí.
Bill tuvo seis hijos con su primera
esposa, una mujer que él creía era su prima segunda. Pero de hecho, era su
prima-hermana.
“Oí que si te casas con un primo
cercano de la familia, esto puede tener efectos en tu descendencia”, dice .
“Pero yo no lo creía hasta que nació nuestro segundo hijo, que llegó con
problemas. Era un niño normal hasta los seis meses. Viajamos a Nueva Zelanda
para darle tratamiento, pero no había nada que pudieran hacer”, relata.
“Su padre y mi padre eran hermanos.
Para el momento en que lo supimos ya era muy tarde, ya habíamos tenido hijos.
No hay nadie más en esta isla y por eso es tan común el matrimonio endogámico”.
Para algunos, el aislamiento de
Palmerston es una razón para irse. Entre 1950 y 1970 la población era de 300
habitantes y ahora es solo de 62. Un tercio de ellos son niños y todos lucen
saludables y felices.
Pero muchos de ellos esperan partir
hacia otras ciudades a miles de kilómetros de distancia, donde los servicios
son mejores, los salarios son más altos y donde -quizás lo más importante- hay
mayor variedad de potenciales parejas.
Cuando Mama Aka estaba creciendo,
recuerda, algunas personas acostumbraban casarse con sus medios hermanos. Pero
los chicos de ahora están “mirando hacia el futuro”.
“Tal vez planean casarse lejos”,
aventura.
Palmerston ha sido siempre así: un
lugar donde la gente va y viene, donde algunos llegan con la intención de
visitar y donde otros han sido forzados a vivir la experiencia de quedarse.
Todo parece indicar que tienen una
buena vida. Los días son largos y las horas de trabajo cortas. Como dice Bob:
“Eres libre de hacer lo que quieras hacer”.
Por las noches, los niños en edad
escolar nadan o juegan voleibol y algunos de los hombres se reúnen alrededor de
única televisión de la isla para ver rugby.
Las mujeres, mientras tanto, se
relajan en sus hamacas.
El alcohol no está presente en estas
actividades, al menos no hasta que llegue el próximo barco de abastecimiento.
Sólo en ocasiones especiales elaboran cerveza.
El policía menos ocupado del mundo
Edward, el policía de la isla, es
probablemente el oficial de policía menos ocupado del mundo.
Le pregunto a uno de los isleños qué
pasaría si alguien se robara un coco.
“Si eso ocurre es porque se siente
desesperado y tiene demasiado orgulloso como para pedir uno”, me responde.
Edward aprovecha su tiempo libre. Es
especialmente bueno haciendo ukuleles y también es músico.
Mientras nos preparamos para salir,
Bob aparece con una cesta de pescado y nos entrega dos para el viaje de
regreso.
Se voltea, mira hacia el mar y dice:
“Fuimos hechos para disfrutar del mundo, para disfrutar del aire puro, del sol,
de las cosas que Dios nos puso en la Tierra. Él no nos puso aquí para matar y
odiar a otras personas.
Con sus palabras emprendemos el
rumbo a través de los arrecifes. Es un viaje que muchos jóvenes isleños harán
en los próximos años, sin saber cuántos de ellos volverán.







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